Vi la película en 1989 y me encantó. Hasta el día de hoy, “la caza al Octubre Rojo” sigue siendo una de las mejores películas de submarinos que he visto. Leí el libro tal vez un año más tarde. Adolecía de muchas carencias a nivel humano (pobres psicologías, caricaturas) y en el estilo, efectivamente descriptivo y nada más. Pero a pesar de sus defectos el libro ‘Octubre Rojo’ terminaba siendo una trepidante aventura. Tenía barcos, aviones, submarinos, torpedos y explosiones, traidores encubiertos y espías de la CIA, era un voluminoso paquete de diversión. Tom Clancy, el autor de ‘Octubre Rojo’ no escribía alta literatura, pero sabía entretener.
Años más tarde, encontré, entre los libros viejos, una desvencijada copia de otra novela de Clancy, se titulaba ‘Amanecer de la Tormenta Roja’, un voluminoso libro con más de seiscientas páginas. Estaba a buen precio así que lo compré. El libro narraba a un ritmo hipnotizante una tercera guerra mundial en el escenario europeo, entre la Unión Soviética y la OTAN. Incluía acción en el norte, en el centro, en el mar, en el aire, en las profundidades marinas; campos de batalla en Alemania, Islandia, el mar del norte; batallas entre las flotas, fuerzas especiales, aviones, y brigadas de tanques, si bien el final resultaba ser un poco acelerado y algo forzado, uno terminaba el libro con la impresión de ser un veterano, de haber visto una película espectacular más allá de cualquier presupuesto de Hollywood.
Así, años más tarde, cuando la posibilidad de adquirir libros en Bolivia a través de Internet se hizo posible, yo, pensando en un libro barato que podría divertirme mucho, me decidí por la más reciente novela de Clancy. Grueso, grueso error. ‘Ordenes ejecutivas’ era su título, y el principio de la novela se haría famoso años más tarde. Un piloto japonés falsifica cierta información sobre su ruta de viaje y, como todo un kamikaze, se suicida chocando su avión, un 747, lleno de combustible, contra el Congreso de los Estados Unidos durante una sesión conjunta. Mueren todos, desde el presidente, hasta cada senador del país. Jack Ryan, el agente de la CIA, personaje principal en casi todas las novelas de Clancy, y accidental vicepresidente temporal, se convierte en el presidente de los USA.
Leí las primeras doscientas páginas de este mamotreto de 1300 páginas con la esperanza de que la obra comience, ‘Tormenta Roja’ también tardó en comenzar, pero ya había un problema en el ambiente, el contexto no era tan rico ni interesante. Los defectos narrativos de Clancy parecían haberse sobredimensionado. Tal vez porque se trataba de un nuevo mundo para él, un nuevo enemigo, ya no la Unión Soviética o algún lugar sobre el que pareciese tener alguna información, ahora los ‘malos’ era un islámico Irán, y la visión del autor era patética, mucho más pobre de lo que alguna vez fueran sus retratos de la burocrática dictadura marxista-leninista. La falta de sensibilidad de Tom comenzaba a pasarle factura. A partir de la página número trescientos la única razón que impulsó mi lectura de ‘Ordenes ejecutivas’ fue el enojo. Desde la mitad, ya comencé a fantasear introducirle este libro a Clancy por donde más le duela, por la nariz o el oído.
‘Ordenes ejecutivas’ era una obra en verdad deleznable, yo sólo deseaba leer el final para coronar este aburridísimo baile de mediocridades, leía por inercia, escupiendo mentalmente el nombre de este autor en cada página. Años más tarde, después del 11 de septiembre 2001, muchos mencionaron el libro, por el avión del principio, y todos los comentaristas, unánimemente, reconocían que ‘Ordenes’ era un mal libro, “aunque los otros fuesen legibles”. ‘Ordenes’ es una obra tan, pero tan mala, que yo la utilizaría en cualquier clase de literatura, para todo lo que NO se debe hacer en una novela. Sería imposible escribir un peor trabajo haciéndolo a propósito, ‘Ordenes’ es un abismo, ha cavado de un extremo a otro de un círculo, pero es otra novela la que se lleva la palma, aunque por distintas razones.
Su prosa fluye como una cascada, tiene el caudal del río Amazonas, la extensión del Nilo, la sonoridad del Niagara. Javier Marías escribe tan bien que sí el dios de alguna religión desease escribir su evangelio le pediría ayuda a él, y el dios acabaría tomando dictado. La prosa de este hombre es magnífica mucho más de lo que mi limitadísima elocuencia, en comparación, me permite describir. ¿Y qué nos cuenta este favorecido de los dioses?, ¿qué historia narrará su prodigiosa tinta?, ¿qué oscuros parajes de la mente humana iluminará con la luz de su literatura? Me temo que éste no es un artículo sobre la copiosa obra de Javier, es sobre la peor novela del mundo, la suya, ‘Todas las almas’.
En ‘Almas’ nos encontramos con una pobreza de espíritu que llega al paroxismo. A su personaje no le importan sus amigos, sus colegas, ni siquiera sus encuentros amoroso/sexuales son capaces de romper su permanente estado de hastío. Si no te importa la realidad en la que vive tu personaje, en la que habita, en la que trabaja, ¿para qué diablos nos cuenta esa historia? Ni siquiera hay bronca en semejante bodrio, el personaje no manifiesta ni un momento un poco de verdadero cansancio por la nulidad de su existencia. A Clancy no se le puede exigir más, pero a Marías sí, esa prosa suplica algo que contar, es una paleta de perfectos colores que buscan pintar, pero gracias a él sólo trazan un vacío. ‘Almas’ es un aborto, una obra nacida muerta. La patética vida de uña del protagonista, produjo en mí el mismo efecto que las mediocres personalidades de ‘Ordenes’, más el lamento de ver una prosa divina utilizada para un dramón clase Z. No hay cómo defender esta novela, no importa si buscaba criticar a esa sociedad, que ese tedio es el sentimiento interno del personaje y toda esa cháchara de tonterías que se pueden decir. Ninguna obra puede ser buena por lo que quiso decir, ni el mensaje dado, una novela vale por lo que es, y ésta es un bodrio absoluto. ‘Almas’ es una tumba de palabras.
Siquiera se peleaba en el
En
1979 las cosas comienzan a ponerse un poco más calientes, no que no lo estuvieran ya antes, pero esos días, al igual que hoy, los conflictos en escenarios secundarios (i.e. países pobres sin
muchos recursos naturales, o fuera de regiones estratégicas) nunca fueron resaltados en la prensa. A principios de año, Vietnam invade Camboya, por fin, ya que los invasores interrumpirán, y
encontrarán las pruebas de, el genocidio marxista iniciado por los
Con la caída de la
Yo pensé que se lo comerían los cocodrilos, o que se lo zamparía un tiburón, mordiese un tigre, pisara un elefante, sodomizara un gorila, envenenara una serpiente, mascara un mandril. Existía la posibilidad de que se infectara con alguna enfermedad rara, por andar tocando pupu de orangután, tropezara en un acantilado, ahogara en un arrecife, divorciara, perdiese popularidad, se uniese a algún grupo terrorista de ecologistas extremistas. Podrían haberle pasado tantas cosas, pero fue una mantaraya, la que atravesó el corazón del ‘Cazador de Cocodrilos’ con su aguijón. Dicen que murió instantáneamente, dicen que no sufrió. Mi consuelo es que vivió feliz.
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