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30 juillet 2007 1 30 /07 /juillet /2007 09:36
(Deseaba hacer un artículo bastante más voluminoso de este tema, pero eso resultó más fácil decirlo que hacerlo. Sin contar que debo ocuparme de otras cosas más.)

             Eran un grupo de jóvenes intelectuales, todos interesados en la mitología griega y escandinava, todos tenían un gusto por las letras, sus nombres eran Gilson, Smith, Tolkien, y juntos se decidieron a formar un club, muy a la inglesa, se denominaron los T.C.B.S, Tea Club and Barrobian Society, o sea: Club de Te y la sociedad de Barrows, debido a que solían verse en la tienda Barrows, que supongo también debería tener un salón de te o algo así, cuatro eran los amigos fundadores, más se les unirían después. En el mundo eran los años 1910 – 1914, y el filo de las espadas recorría Europa, los ejércitos de los imperios se preparaban para lo que sería una guerra fácil, donde cada país soñaba con una victoria obtenida en poco tiempo y con pocas bajas. Tal vez los más nerviosos eran los franceses, que ya habían perdido el siglo pasado, en una guerra con los nuevos prusianos, los alemanes. Cuando los T.C.B.S. escucharon hablar de la declaración de guerra del imperio Británico al imperio Alemán, pues, la sensibilidad patriótica que se apoderó del país también los contagió a ellos, se trataba de unirse a un ejército voluntario, el británico era el único que no tenía el reclutamiento obligatorio, esperaron a graduarse y se unieron al ejército. Meses después de enlistarse, un enfermo John Ronald Reuel Tolkien, que sufría del mal de trincheras, era uno de los pocos sobrevivientes de T.C.B.S., él y su amigo Wiseman serían los únicos sobrevivientes. Pero el desastre iba mucho más allá, la guerra ‘fácil’ se prolongó por más de cuatro sangrientos años, donde la flor y la crema de la juventud europea perderíahermosoenemigo96.jpg sus vidas.

 

            Todos los jóvenes de Europa, intelectuales o no, habían sentido el llamado de la patria, para derramar sangre por ella, habían cumplido con su deber, se habían unido a los diversos ejércitos del continente y no pestañearon al matar a otros jóvenes como ellos mismos. Hasta encontrarse con la brutalidad de la guerra de trincheras, hasta pisar el fango del campo de batalla, hasta el silencio del grito de los hombres, la juventud europea apoyó la guerra. Después, un mal sueño pareció apoderarse de todos, y sólo valió una consigna: victoria, y; exceptuando los rusos, que renunciaron a pelear con los alemanes para luchar entre ellos mismos, la guerra se prolongaría hasta la derrota incondicional de alguno de los poderes en juego. Perdió Alemania y el Imperio Austro Húngaro, ganaron los franceses, los británicos, los italianos y los estadounidenses, pero ¿a qué precio?, ¿a qué monstruoso precio de vidas? Muy pocas personas pueden matar y quedar indiferentes por ese acto, aquel que mata también, por lo general, muere un poco. Toda una generación europea, rusa, alemana, italiana, francesa, etc., había quedado marcada por la mirada vacía de la muerte. “Para 1918”, escribiría Tolkien, “todos, a excepción de uno de mis amigos más cercanos, habían muerto”.

 

            Y pensar que no sería la última guerra.

 

eljovenTolkien.jpg            La generación de Tolkien fue la primera que tuvo el desagrado de encontrarse con la guerra industrial; aunque ésta ya les había dado algunas probaditas al resto del mundo en varios conflictos, incluyendo la Guerra Civil de los Estados Unidos. A raíz de esta tragedia inconmensurable, recorrió por Europa una necesidad de explicarse, de comprender, de excusarse, de pensar la guerra, y de oponerse a ella. Son muchos los intelectuales y autores que pensaron sobre el tema: Thomas Mann, Bertrand Russell, Herman Hesse, Wilfred Owen, etc., pero me limitaré a las consecuencias de esta guerra en la obra de un autor, debido principalmente al gran éxito de la obra de éste, J. R. R. Tolkien y ‘El Señor de los Anillos’.

 

            Serían muchas las obras de literatura que denunciarían a la guerra como una gran barbarie, algunos de los autores habrían participado en la guerra, como ‘Todo está quieto en el frente occidental’ de Erich María Remarque, un alemán. Similares en tono hay muchas obras como “Senderos de gloria”, una película de Stanley Kubrick basada en la novela de Humphrey Cobb, quien sirvió en los fusileros reales del Canadá, durante la 1ª Guerra Mundial. El sentimiento es similar, la guerra como un gran crimen, un error que arrastra a los hombres hacía la oscura boca de un averno hambriento de vida. No hay gloria en estas batallas, no hay héroes, los únicos buenos son los que se oponen a la locura. Era la única actitud responsable ante la realidad y el resultado de la 1ª Guerra Mundial, y no era algo sobre lo que J. R. R. Tolkien pudiese escribir, a él le gustaban las historias con héroes, aquellas que habían generado leyendas, no importaba si eran trágicas o no, Tolkien buscaba emular la mitología griega y escandinava. Aunque fuese muy responsable hacerlo, el condenar la acción bélica del hombre; hasta que sólo la pasividad y el bucolismo fuesen el único camino a seguir, estaba demasiado lejos de lo que Tolkien había estado buscando, y lo que los TCBS habían esperado de él. Tolkien buscaba épica, la deseaba, pero, ¿cómo podría obtenerla después de haber participado en la más brutal de las guerras hasta entonces?

 

            Si la forma de su primer gran trabajo, lo que vendría a ser ‘El Silmarillion’, mantiene las características que Tolkien imaginará durante los años 1915 – 1918, esto quiere decir que al escribir la obra, el autor se decidió porque sus personajes no fueran seres humanos. Eran criaturas mágicas, mucho más perfectas que nosotros, debido a sus largas vidas y talentos, pero son humanas las pasiones que llevan a los Noldor, una casa de elfos, hacia Beleriand; una tierra primigenia sólo manchada por la presencia de Morgoth, el enemigo, en busca de venganza. Si bien los elfos, se comportan como humanos, con defectos reconocibles, orgullosos y testarudos, y orc.jpgcometen crímenes propios de seres nada superiores, siguen siendo criaturas muy distintas a la propia naturaleza del autor. Pero, ahí están las miserias humanas de ambición, arrogancia y crueldad, Tolkien ha hecho de sus criaturas seres distintos a los humanos, mas por carácter y familiaridad lo siguen siendo. O sea, humanos, pero no humanos. Si ‘El Silmarillion’ y ‘El señor de los anillos’ se hubiesen construido alrededor de estos seres, creo que la riqueza de la obra de Tolkien habría sido mucho mayor. Lastimosamente, a pesar de la pluma y profundidad del autor, ‘El señor de los anillos’ es no sólo una gran obra, sino también un gran daño narrativo.

 

            Como mencioné al principio, esta entrada bien podría ser un ensayo de unas 10 -15 páginas, me temo que deberé resumir, saltar y saltar haciendo una breve exposición, y llegando a las conclusiones.

 

            A pesar de los conflictos y desconfianzas entre los elfos, sean Noldor o Vanyar, el verdadero enemigo de estos no son ellos mismos ni sus debilidades, el enemigo es Melkor, o Morgoth, ‘el señor oscuro’, un ser sin piedad, ni capacidad de amar, sólo tiene poder, y todo lo que toca es corrompido. Así es capaz de crear a los orcos, y atraer hacia su lado, corrompiéndolos, a muchos espíritus del fuego, los Balrog. Estas criaturas: morgoth, orcos, balrogs, son un defecto narrativo. Si bien, dentro de la literatura mitológica, existen una variedad de animales y monstruos que se oponen a la fuerza de los seres humanos, estos siempre interactuaban con otros seres humanos que podían ser buenos o malos. El más perfecto ejemplo de esto es ‘La Ilíada’, donde los enemigos, los no-griegos, tienen voces tan hermosas como la de los héroes aqueos. En otras palabras, hay un enemigo con el que te puedes reconocer, y cuyo derrota podrá conmoverte. Si bien ‘Ilíada’ es un ejemplo de narrativa semi-mitológica demasiado moderna, en la mitología griega encontramos sólo dramas de hombres y dioses, donde somos nosotros, o los hados, los generadores de nuestra propia tragedia. Ese detalle, nuestra construcción – destrucción, o la fuerza de variables fuera del control de los personajes (en este caso el capricho de los dioses), da qué pensar, es un claro mérito de la narrativa griega. En cambio en Tolkien tenemos a monstruos como enemigos.

 

            Melkor, los Balrog o los orcos, son todos monstruos, corrupciones de seres mejores, o que antes eran buenos. Es un interesante detalle del mal en la obra de Tolkien, que sean corrupciones, antes elfos, antes maias del fuego, pero la unidimensionalidad del resultado, criaturas que se puede odiar y despreciar con facilidad. A diferencia de la realidad que Tolkien vio en la 1ª Guerra Mundial, en su obra de ficción no pudo crear un enemigo que sea humano como él, que tenga sueños como él, para un veterano de la guerra, resultaba demasiado horroroso no tener un enemigo que valga la pena enfrentar. En otras palabras, la obra de Tolkien busca borrar el hermosoenemigo001.jpgaparente caos nihilista de la 1ª Guerra, como manifiestan las obras de Cobb y Remarque. Tolkien buscaba la hazaña épica, un viaje en busca del vellocinio de oro, la destrucción de Grendel, y no podía celebrar la destrucción de otro ser humano como lo hicieron durante la época medieval. Orlando Furioso o Roldán, cercenaban cabezas por decenas, de los viles moros (en cambio el Cid Campeador tiene una historia más interesante). Soy de la opinión de que Tolkien, tan cercano a la muerte de sus amigos a manos de una cultura con la que simpatizaba (J. R. R. manifestó que tenía simpatías por la cultura alemana; aunque despreciase a Hitler & Co.), buscó la opción fácil para que sus héroes puedan matar sin convertirse en asesinos peleando por su propia ambición. Ésa es la idea, ése es el problema.

 

            La literatura debería, en la medida de lo posible, hacernos ver, hacernos pensar y meditar sobre nuestra naturaleza. El Orco, el monstruo despreciable y sin piedad, es un enemigo demasiado atractivo, que no existe en la realidad. Ahora, la obra de Tolkien es de una complejidad a la de buenos versus malos, hombres versus orcos, la riqueza de la obra tolkiana es muy grande, pero también es grande su defecto. Comprenderán que por razones de espacio sólo lidiaré con el problema. A diferencia del ‘Silmarillion’, ‘El señor de los anillos’ está dominado por enemigos despreciables sin posibilidad de redención: orcos, Sauron, Ella-Laraña y el balrog. A pesar de la presencia de los Haradrim, que obligan a Sam a una de las meditaciones que podrían haber convertido a esta obra en una joya de la narrativa, cuando ve un cuerpo muerto de Haradrim y se pregunta si sería en verdad alguien malvado, si habría abandonado su casa por voluntad propia, si tenía un lugar al que le habría gustado regresar (Esta perla también se encuentra en la película, en labios de Faramir). Esa ambigüedad de malvado – también bueno, también humano, es evitada casi todo el tiempo. Esto no habría sido mucho problema si otros autores hubiesen tenido el talento de Tolkien y su profundidad—que no pudo enfrentar la crueldad de seres humanos contra seres humanos—en obras similares.

 

            Tolkien, como buen orfebre, construyó su mundo imaginario, uno alucinante, y narró su gran historia épica, pero lo hizo con Orcos. ¿Habría podido ser construida con seres humanos? Eso sería otra historia. Entonces, aquí debo añadir que yo soy de la idea que el ser humano percibe su mundo como una historia, por lo que las historias, sobretodo aquellas que llegan a ser tan populares como la de Tolkien, ayudan o perjudican en la manera en que vemos nuestra propia realidad. Esto no se debe tomar tan literalmente, digamos que son ideas, marcos, detalles que una buena historia puede ampliar o reducir. Entonces: Orco, reduce nuestra visión. Orco es la pregunta no hecha, es el enemigo no visto, el otro que nos negamos a ver. Si esperamos que Orco sea el mal, pues nunca veremos al mal, nunca nos encontraremos con él, y estaremos mucho más vulnerables ante su 2anakin.jpgpresencia. Ése es el problema, y no es pequeño. En la ultra archi exitosa “Guerra de las Galaxias” tenemos a humanos en el puente de las naves enemigas, pero son seres despersonalizados, Darth Vader, en la primera trilogía (1977 – 1983), es un ‘monstruo’, un ser prácticamente poseído por el mal, al igual que el Emperador, llegado el momento de la verdad, cuando Luke se encuentra con Vader y el Emperador, se enfrenta en verdad a dos monstruos, uno de ellos redimible, el otro perdido sin posibilidad de salvación. Vader se comporta como Orco hasta que llega el momento de la verdad, que es uno magnífico—en mi humilde opinión—pero cuando llega la redención de Vader, tenemos al Emperador como Orco irredimible. A pesar del momento final, “Star Wars” también sufre de orquitis, simplificación del mal, anulación de su presencia y naturaleza.

 

            Igual de pobre son los Sith, el lado oscuro de la fuerza. Es como si narrativamente sólo existiesen dos posibilidades para los seres humanos: elegir el camino del bien, o el camino del mal. Si así fuese la cosa, todo sería mucho más sencillo. No es así, por lo que las obras narrativas que así lo vean, son pobres. Daré dos ejemplos más, uno regular y otro patético. Regular, la maldad en ‘Harry Potter’, también es débil, también es Orca, monstruito. Lord Voldemort es un monstruo, cruel con sus seguidores, sin amigos, lo domina la ambición, na’ más, demasiado fácil. Los Dursley, igual, hipócritas, tontos, malvados, con caricaturas de seres humanos, no personajes de buena literatura. ‘Harry Potter’ vale la pena no por los enemigos, que son todos una patraña, sino por los buenos: por Harry y sus amigos, por la imaginación de Rowling, que no conoce el mal y no puede comprenderlo. Recuerden los dementores, o algunas actitudes del Ministro de la Magia, orcos y orcos. Y ¿cuál es el ejemplo patético? Pues la gran burrada del año: “El laberinto del fauno”, el orco al extremo.

 

            Orco es una idea, no sólo una forma, no es sólo una criatura animaloide, es la incapacidad de enfrentar a un enemigo que busca matarte, que no tendrá piedad, que te arrancará las entrañas si puede, te reventará el cráneo y hará volar tus sesos por el campo de batalla, y no lo pensará dos veces, te apunta con el arma y quiere matarte, pero no es malo, no tiene un corazón de bestia, no hay maldad en él, eres tú, es Tolkien en la guerra, con un arma en la mano matando alemanes, o Remarque matando ingleses y franceses, o Cobb destruyendo la vida de alemanes, son ellos que acaban con la vida de tus amigos G. B. Smith, que gustaba de la literatura y las matemáticas, que tenía un buen corazón, y a Rob Gilson, a quien conmovían los poemas, y soñaba con una joven inglesa en algún lugar cerca de Birgmingham, tal vez los mató Remarque, o algún otro alemán, que luego se preguntaría toda su vida porqué lo hizo. Tolkien fue asesino durante la guerra, y estoy seguro que si había un buen hombre en esa guerra ése fue él. Pero es mentira, en la guerra casi no hay malas personas, porque en la propia sociedad las personas malvadas son escasas. Orco es escapar a todas esas preguntas a tu propia responsabilidad. Owen, que escribió con tanto dolor, y corazón, atravesó con sus balas los cuerpos de alemanes con el corazón de Remarque. Tú eres el enemigo, y tú puedes ser bueno. La maldad rara vez hace a los enemigos. Muy rara vez.

 

orcoRHeydrich.jpg            El ejemplo patético es el orco con forma humana más simple y facilón que he visto: el Capitán Vidal es la caricatura de un fascista, es un orco de cabo a rabo, la forma humana de Vidal no oculta la pobreza narrativa del personaje. Vidal vendría a ser el paroxismo del defecto que vemos en Tolkien, ya no tenemos que cubrirlo con cuerpo de bestia para que el fenómeno Orco se presente en todo su esplendor. Vidal no tiene nada a su favor, el cruel, es indiferente, prácticamente cada diálogo que surge de sus labios son para que diga algo que lo hace ver mal, ya sea porque muestra desprecio por el amor de su esposa, por la niña, por los enemigos, por las mujeres, todo en él es maldad. Pobre, pobre y orco.

 

            Finalmente, soy de aquellos que creen que narrativamente ayudaría mucho que se olvide y abandone la caricatura del mal hecha por Tolkien en Orco y repetida por muchos en un sinnúmero de obras. El mal, cuando hay, es mucho menos claro, y puede estar ligado directamente con la bondad, un ejemplo podrían ser los crímenes de los comunistas y socialistas, que supuestamente querían hacer el bien. Y, si de fascistas se trata, pues ahí tenemos dos ejemplos: Hitler y Heydrich, ambos eran verdaderos monstruos, y ambos eran personas gentiles, cariñosas con aquellos que estimaban. De Heydrich, una persona recuerda que era ‘un verdadero caballero’, y Hitler siempre tenía un muy buen sentido del humor; aunque a veces fuese algo vulgar. También recompensaba a los que le eran leales. Los vidales, los Emperadores, los Voldermortes, los mortífagos, los orcos, todos ellos no existen. Y nosotros, narradores o no, debemos comenzar a ver el mal a los ojos, y ahí estará Tolkien, con un fusil, mirada juvenil, y dispuesto a matarte. El mal no es algo sencillo, ni lo es la categoría de enemigo. No lo simplifiquemos, borremos el orco de nuestra mente.

 

            (Bueno, como ven, el tema da para un ensayo, y en él habría dicho en unas elegantes 12 páginas lo que digo aquí en 5. Creo que a pesar de todo la idea está dada, espero les interese.) Todas las imágenes pertenecen a sus respectivos dueños, utilizadas sólo para ilustrar una bitácora sin fines comerciales... y esto vale para toooda la bitácora mimeme.

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Published by Rodrigo Antezana Patton - dans Preguntas
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