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6 février 2009 5 06 /02 /février /2009 07:55

La historia que les voy a contar está basada en hechos reales, pero todos los nombres de los verdaderamente involucrados han sido cambiados para… para que la cosa quede así, como si todos fuesen personajes, que, me parece, era uno de los objetivos de ‘el-hombre-que-quiso-ser-personaje’.

            En mi trabajo hay un interesante cúmulo de cartas, enviadas y recibidas, con nombres y apellidos. ¿Por qué están ahí? Pues, como constancia de que se envío, recibió, se dijo y se escribió. Hasta cierto punto, leyendo ese hato de papeles, se puede leer una historia, la historia de una institución, también están las actas. Obvio, todo eso no cuenta la ‘verdadera’ historia de lo que ocurre tras bambalinas, o, simplemente, le faltan extensos detalles. Como aquella vez en la que perseguí a cierta institución, fui a hablar con ellos, hablé con ellos, les llamé, les dije ‘y cuándo?’, más un largísimo etcétera. De toda esa tropelía de burocracia, hay pocas pruebas, baste que hay unas tres cartas, por decir, cada una de un mes diferente y con prácticamente el mismo asunto. El resto hay que imaginarlo, que se quiso hablar, y nunca se hizo nada. Se puede hacer, se puede completar la imagen, porque las palabras; aunque sean pocas, cuentan una historia.

            Lo interesante de esto es que yo podría, por decir, haber buscado contactar a Carlos Jiménez, le podría haber escrito una carta, planteado un asunto, solicitado un material, comunicar que se le agradecía lo provisto, y, si alguien hubiese buscado entre los papeles, podría haber contado una brevísima historia, la de cómo yo, busqué contactar a Carlos y el buen servicio que él nos proveyó. Así. Se podría haber hecho sin que Carlos Jiménez hubiese existido jamás, no porque no exista algún Carlos Jiménez, sino porque ése Carlos en particular, al que le habría enviado las múltiples cartas, no necesitaba existir, sólo estaría en el papel y eso sería suficiente para que alguien asuma que sí, que, en vista al testimonio de las cartas, fue real. No sé cómo, pero ‘el hombre que quiso ser personaje’, comenzó a interesarse mucho por esta posibilidad, por la realidad codificada que puede crear el testimonio escrito, sea el pedacito que sea, y estaba muy dispuesto a jugar con esto. Les voy a contar su historia, sin averiguar detalles, esto no es una biografía, es una historia más con un nombre, Carlos Jiménez, porque narrar una historia sin nombrar a los personajes es bastante difícil, y al ponerles un nombre, también, les otorgas un poco de realidad.


            Carlos Jiménez nació fuera de este país, allá, por el Sur, de madre o padre boliviano, y madre o padre de ese país. Por alguna razón, el muchacho, cuando ya estaba dejando de serlo, comenzó a estudiar ingeniería. Digo ‘por alguna razón’, porque él, a pesar de su talento para con los números, no tenía el corazón puesto en la materia. Le gustaban las cifras, y escogió una carrera llena de ellas, no tanto por estudiar la realidad que esas cifras abordaban o buscaban describir, como por el gusto de juguetear con números, con símbolos que representan cosas y que se pueden, fácilmente, dibujar en una pizarra. Estudió algo de electrónica, algo de física, mecánica, cumplió los requisitos para graduarse, y se tituló. ¿O no? No recuerdo los detalles, esta historia me la contaron. Sí, creo que se tituló, y con el papelito a cuestas, Carlos fue donde sus progenitores, uno o una de ellos(as) boliviano, y les dijo que ahí estaba, el título de ingeniero, y que ahora pensaba estudiar lo que él quería, ¿se metió a filosofía o literatura? Mmm, cómo se pierden los detalles, lo que sí estoy seguro es que estudió bastante de ambos. Sí, me parece que se aclara la imagen, tal vez por imaginación más que memoria, estudió filosofía, consumió literatura. Casi toda, ésa, aquella, lo nuevo, lo viejo… y en uno de esos años, le entraron ganas de conocer la tierra de su padre, o madre, y fue, o vino, a Bolivia.

            En este país, en una de sus ciudades capital, fundó una revista cultural, que salía con cierto periódico, cada sábado, o cada domingo. También hizo otras cosas, aparte de leer y consumir mucha, mucha literatura. Cuentan que enseñó en la universidad, y, después de varios años, se encontró con algunas personas, de tanto escribir y leer como él. Ah, antes, me olvidaba. Para la revista encontró muchos ayudantes, fulano, sutano y mengano, todos personas de carne y hueso; pero, la revista necesitaba de más colaboradores si se iban a cumplir las fechas de entrega, entonces, Carlos Jiménez llamó a sus amigos imaginarios, se inventó pseudónimos y escribió sobre diversos temas él mismo, con varios nombres, con personajes que trataban tal o cual tema. Sus colaboradores inventados estaban siempre prestos a llenar los vacíos que sus colaboradores de carne y hueso dejaban. En algún momento se dio cuenta de que podía inventar pequeñas reseñas de quiénes eran esas personas, y hacerlas, dentro de los límites de la percepción, personas reales. Un proceso más creativo y honesto que el utilizado por el actual gobierno para su apoyo popular en las urnas.

            Años más tarde, cuando la actividad de Carlos Jiménez comenzó a girar en torno a los libros, él y un amigo, Salvador Pereira, se enteraron de un acto de ‘ligera corrupción’ en lo que a medios culturales se refiere. Denunciaron el acto, no ellos, sino a través de un pseudónimo, un tal, por decir algo, Carpincho Sentadera. Carlos y Salvador cometieron un gran error al hacer esto, ya que los implicados buscaron a Carpincho a diestra y siniestra, apareció, incluso, una fotografía. Pero Carpincho no aparecía. Acabaron pagando muy caro su osadía, y, lo peor, no sólo ellos, también algunos inocentes accidentalmente involucrados. Para entonces; sin embargo, Carpincho Sentadera ya había circulado como denunciante, escritor de artículos, y otras cosas. Si utilizara el verdadero nombre, todos se acordarían del incidente, y eso que ya tiene sus buenos años encima, casi diez. En paralelo al triste incidente, Carlos ya había acumulado una considerable cantidad de referencias erradas sobre su propia persona, además de crear varios personajes dentro de una antología de cuentos. O sea, ahora había seres que algunos tomarían como reales, cuando en verdad, todos eran él. Sí, él escribió varios cuentos de su propia antología. Ahí conoció las pequeñas e irrelevantes envidias de autores y literatos, con otros libros más, acabo teniendo una clara idea de la provinciana y poco docta crítica local. La, por lo general, crítica pobre del medio. Por estos años, Humberto Réque, un joven escritor, o un joven que escribía, le conoció, junto a muchos otros jóvenes escribidores. Era un grupo en el que, si no escribías; pues, no estabas ahí, o no habrías estado.

            La historia continua, disgustado por muchas cosas—el asunto de Carpincho no el menor de ellos—Carlos decidió explorar nuevos horizontes, se fue del país y de las muchas ciudades que habitó. ¿A dónde fue? Pues nadie lo tiene muy seguro; aunque se sospecha que se fue al país del norte americano, al sur de Canadá. Poco a poco, muchos de los escritores que le habían conocido fueron perdiendo contacto con él, y a veces aparecía de la nada, escribiendo sobre su estado, lugar o lo que sea, y su información circulaba entre los que le conocieron y lo tuvieron por amigo. Muchas veces sus datos eran falsos, lo que era revelado por información que llegaba posteriormente. Supongo que se divertía, convirtiéndose él mismo en uno de sus personajes ficticios. A la distancia, con sólo la información de la palabra, se había convertido en un personaje para sus amigos, que tomaban como realidad la información que les daba. Se puede decir que, para ellos, la transformación llegó a ser completa.

            Humberto Réque se volvería a encontrar, una vez más, con los personajes de Carlos Jiménez. Resulta que Réque presentó un libro que incluía un par de cuentos suyos. Era uno más de esos muchos libros de cuentos de varios autores. Al par de semanas de la presentación, surgió una crítica completamente destructora del libro, que podemos titular ‘Los encadenados’, y no sólo eso, con particular saña, el texto atacaba el cuento de Réque, sin piedad. Conversando con un experimentado escritor, le dijeron a Réque que esa crítica había la ‘más malvada que había leído en su vida’. No hubo mucho que Réque pudo hacer, es difícil defender tu propia obra, eso se da por sentado. La autora de la crítica fue una tal Eulalia Ceballos. En el propio artículo aparecían ciertas referencias bibliográficas, cada detalle, dibujo una imagen en la mente de Réque, que la Eulalia vivía en el pueblo tal, que sabía varios idiomas, que era una artista. Para Humberto se trataba de la típica refugiada del primer mundo, que venía con su seguridad a ser adorada por los acomplejados tercermundistas. Réque se tomó el trabajo de responderle, demostrando que sus observaciones no eran simples opiniones, si no que estaban equivocadas. Eulalia, cuyo correo electrónico estaba incluido al final de su artículo, replicó con un patético artículo, típico y propio de una refugiada del primer mundo. Humberto, ante ese despliegue de mediocridad, a pesar de la buena prosa de Eulalia, consideró que no necesitaba mayores aclaraciones.

            Pero no todos tuvieron esa opinión de la respuesta de Eulalia, ya había unos editores culturales dispuestos a imprimir sus mediocres observaciones. Debido a que se trataba de cartas, debían pedir permiso para la impresión, Humberto declinó ya que la suya fue una carta escrita al calor del momento, salvando los argumentos, el resto no tenía el nivel para ser publicado. En cambio, el trabajo de Eulalia, en lo que a escritura se refiere, estaba muy bien cuidado; aunque lo dicho fuese absurdo de principio a fin, la mediocridad se encontraba en los pésimos razonamientos, malas asociaciones. Un típico trabajo de una gringuita refugiada en el tercer mundo. Con cada detalle se podía construir una personalidad real, y ella hablaba como debía hablar. Humberto no pudo hacer nada respecto a la mala crítica. Las cartas no fueron publicadas, sólo circularon por ahí, por muchos ahíes. Eulalia se había preocupado, particularmente, buscar cada suplemento del país para enviar su artículo en contra de ‘Los encadenados’, el mismo salió publicado en muchos medios escritos del país. Una revista local le dedicó la portada; a pesar de que, en la misma edición, se encontraba un artículo a favor de José Luis Santos, otro escritor que había conocido a Carlos Jiménez. Los editores de la revista habían preferido otorgar mayor importancia, como es típico en el medio, a lo negativo, que a lo positivo.

            Humberto, pasado el asunto, no le dio mucha más importancia. La opinión es caprichosa, publicada o no, y a muchos les había gustado sus cuentos; aunque no necesariamente todo el libro, ‘Los encadenados’. Humberto averiguó datos sobre la tal Eulalia Ceballos, en la red, no encontró mucho, suficiente para tener una idea de su realidad. Artista plástica, radicada en Potosí, escribía artículos de cultura, que eran publicados sobretodo en La Paz, y otros datitos más. Suficiente como para que parezca real. Meses después, o un año más tarde, Eulalia fue invitada a un encuentro de escritores, incluso había su foto. Ella nunca apareció. Humberto, conversando con el editor de ‘Los encadenados’, le preguntó porqué él había publicado el artículo en contra el libro en su propia revista. ‘Tú eres muy verde’, le dijo a Humberto, ‘¿sabes cuántos libros salen sin que se hable de ellos?, ¿sin que nadie diga nada de nada? Toda publicidad es buena y hay que aprovecharla’. O sea, Eulalia, le había hecho, utilizando la lógica del medio, que busca saña, opinión fuerte con adjetivos, un favor. Y el debate podría haber proseguido, de haberse publicado las cartas.

            Años más tarde, un amigo le informaría a Humberto, ‘Sabes quién creemos que es la tal Eulalia. Es Carlos Jiménez.’ Entonces, como un rayo, Humberto comprendió todo. Claro, claro que Carlos. El artículo atacaba con furia; pero con malos argumentos, por lo que Humberto se podría haber defendido de los mismos, a la vez que la furia habría captado el interés de los editores, siempre prestos a cualquier avispero. En la carta de respuesta, la misma furia, los mismos malos argumentos, a la vez que, correctamente, Carlos se burlaba de todos los errores ortográficos cometidos. Invitaba a la pelea, invitaba a la cornada, dando más que amplio espacio para la estocada. La mediocridad era ficticia, estaba ahí para ser utilizada, si Humberto hubiese tenido más cuidado. Eulalia, alias Carlos, se había preocupado de enviar la nota a todas partes, para que haya una constancia del libro, negativa, porque de otra manera no la habrían publicado, y es mejor que digan algo, a que no digan nada, puso algo malo donde sólo habría resonado el silencio. Por un tiempo, Carlos Jiménez había logrado, una vez más, hacer lo que parecía haber estado buscando hacer toda su vida, crear personajes, no aquellos de las ficciones, sino de los que confunden nuestra memoria de escritos, de los que tienen presencia sólo como referencias, como articulistas, breves biografías en libros, presencias que no sabemos siquiera si son reales. El hombre que quiso ser personaje, lo había logrado una vez más.

            En serio, basado en hechos reales.

Todas las imágenes pertenecen a sus respectivos autores. Utilizadas sin fines comerciales, sólo para ilustrar mi humilde bitácora. Probablemente este finde tenga tiempo para escribir el tan anunciado artículo sobre 'Laberinto', y creo, creo que tiene que venir uno sobre Blade Runner, éste o el próximo mes. Un abrazo a todos. Cualquier coincidencia con la realidad es completamente intencionado.

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Published by Rodrigo Antezana Patton - dans Historias
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Humberto Requena 13/02/2009 20:31

Estimado Rodrigo:Lo que acabo de leer me hubiera gustado si hubieras sido valiente para de decir quienes son los nonbres que se esconden detras de los personajes. no es de caballeros guardar los nombres de los involuicrados (parece que le haces el favor a alguien) y no pongas de escusa a la ficion. porque no dices quienes son...y no descuides el estilo. se nota mucho apuro. segui con lovekraft (que libro mas raro ese)Humberto Requena

Rodrigo Antezana Patton 15/02/2009 01:05


Una persona que logró crear 'personas' a través de breves referencias escritas. De eso se trata la nota. Creo que mencionar nombres 'reales' no es pertinente. ¿Crees que el valor tiene algo que ver
con esto?, ¿enfrentaría yo algo? Diría que no. Así que, si quiero hablar de esto, y sólo de esa pequeña porción, es lo prudente y correcto no mencionar los nombres, no son necesarios para el
propósito de la nota. Ahora, cualquier interpretación, por supuesto, es libre, escapa a las intenciones del autor. No se hacen favores a nadie. Que quede así. Si alguien desea hacer otra cosa, que
la haga, en otro lado.

Ni modo, pues, el estilo, sí, a veces es muy descuidado. Una vez encontré un hascender o algo por el estilo. Qué barbaridad. Mi excusa: me demanda mucho tiempo.


Miguel Lundin Peredo 08/02/2009 14:52

Si conoces profundamente, la historia verdadera detras de esta biografia que me imagino es no autorizada y  que haz publicado en tu pagina, y donde ocultas el nombre verdadero de este escritor interesante,lo mas logico y sensato es escribir una noveleta sobre el asunto.Claro, que la decision final para escribir esta increible historia es tuya,Rodrigo.Adelante con la escritura y todavia continuo esperando mas obras literarias tuyas,y que te decidas a escribir todas tus ideas archivadas en tu biocomputadora cerebral,,ideas como esa llamada "El ejercito de angeles" y otras mas interesantes que serian muy buenos trabajos literarios.

Rodrigo Antezana Patton 15/02/2009 00:53


Juajuajua. Miguel, siempre te agradezco todo el apoyo, y siempre tengo que repetirte que escribir una noveleta no es nada fácil. Como mínimo requiere un buen tiempo libre, y, antes que contar esta
historia, prefiero contar otras. Que se quede como artículo, diría que es suficiente.


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