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29 avril 2009 3 29 /04 /avril /2009 11:09

            Dicen que de Napoleón Bonaparte se han escrito la mayor cantidad de libros sobre una persona. Todo historiador aficionado, todo historiador militar, de oriente y occidente, cada francés que utilizó un arma y sabe escribir su nombre, todos parecen que alguna vez han escrito sobre Napoleón. No creo que sea el tema más difundido por las bitácoras; pero de seguro que en varias lo mencionan. Su presencia en la pantalla, chica o grande, ha sido considerable; aunque todavía se debe filmar la producción definitiva de este pequeño hombre que se convirtió en dueño de Europa, al menos por unos años. Si alguien quiere hablar de personajes importantes de historia, él siempre aparecerá entre ellos, sin contar que a la mayoría le darán episodios simples, Bonaparte, en cambio, tendrá un especial de dos capítulos, siquiera.

            Como historiador aficionado, como estudioso, de pasatiempo, de lo militar, siempre me ha fascinado la figura de Napoleón Bonaparte, algo nada original, y hay razones para unirse a la multitud que observa a este francés con escrito respeto. Fue el más grande conquistador de la historia, a diferencia de Alejandro Magno, su más digno rival, él no heredó una corona, se la ganó por mérito propio; además, el francés no lideró una revolución militar, Alejandro, junto al mundo griego, crearon la infantería pesada, más la combinación de cuerpos armados, como ser la caballería, tropas de apoyo (flechas, hondas, jabalinas), alrededor de los hoplitas. Napoleón simplemente jugó muchísimo mejor que sus rivales contemporáneos con los mismos instrumentos que ellos también tenían. Alejandro, claro, igual queda como un gigante, enorme, por sus logros y las distancias recorridas; Napoleón no conquistó tanto, simplemente derrotó a todos los que eran sus iguales. A todos. Italianos, derrotados, austriacos, derrotados, polacos, alemanes, suecos, británicos, españoles, portugueses, franceses—sí, incluso derrotó a otros franceses—, rusos, turcos, egipcios, y muchos más, si añadimos esas pequeñas provincias que eran independientes por esos días.

            Un hombre muy inteligente, Napoleón ya destacó en la academia militar a la que, con un préstamo, ingresó como miembro de la baja nobleza, en desgracia económica, a la que pertenecía. De acuerdo a sus instructores, el joven corso estaba fascinado por la artillería. ‘Estas cosas, ganarán guerras’, decía de ellas. De haberse visto obligado a subir el escalafón militar en tiempos de paz; algo muy raro en esos tiempos, o a través de contactos, no sabemos hasta donde habría llegado. Siendo su tiempo el de la revolución francesa—un período sobre el que valdría la pena hablar más adelante—con toda sus confusión y guerra, pues, el joven general de Córcega llegó a ser coronado emperador por su propia mano, apoyado por un ejército plebeyo anti monárquico (he ahí, otra razón más, para decir que Napoleón fue más que Alejandro).

            Bonaparte llegaría a ser una persona con una influencia tal que, de su carrera, se puede decir que cualquier momento fue importante. Sus inicios, donde tuvo que probarse ante sus superiores políticos, muchos de ellos gente mediocre, su comando en Italia, donde resolvería impasses con su brillo, su invasión de Egipto, su retorno, su coronación, sus grandes batallas, contra la primera coalición, la segunda, la tercera, sobretodo la batalla de Austerlitz, y las que le siguieron. Les cuento que un tipo se tomó el trabajo de escribir un libro en contra de Napoleón, casi lo compro en amazon; pero leí los comentarios, ‘si bien es considerado un tirano, la mayor parte le considera un buen general’, decía uno de ellos, ‘fulano de tal’, no recuerdo el nombre, ‘se ha tomado la molestia de revisar cada batalla, para otorgarle la gloria a sus mariscales’. El libro tenía más de 700 páginas, todas para hablar mal de Bonaparte, como líder político, marido y hasta general. 700 también es el número, si no me equivoco, de libros que se han escrito sobre este tipo. Bernadotte, uno de sus generales que le abandonaron, recuerden que eso de volverse emperador no siempre iba a resultar del agrado de todos, estaba aconsejando a la nueva alianza antinapoleónica, ‘Si ven a uno de sus mariscales’, les dijo, ‘peleen, peleen, hasta agotarles. Si ven que es Napoleón, huyan, retírense, nunca se enfrenten con él’. ‘¿Qué pasa’, preguntó incrédulo uno de los presentes, ‘cree que no somos suficientemente buenos como para enfrentarnos a Napoleón?’. ‘No’, respondió Bernadotte, y nadie pudo probar que se había equivocado.

            Napoleón era tan bueno en el campo de batalla; simplemente no tenía rival, hasta que Wellington memorizó todas sus mañas, tan solvente en política, tan lúcido en otras áreas, que, se puede comprender, acabó sobrevalorando sus fuerzas y recursos y decidió invadir el país más grande de Europa, y el planeta, la atrasada, la lejana, la totalitaria, la Santa Rusia. Para este fin preparó un ejército que fue el más grande de Europa, y dado que nunca más se volvería a marchar de esa manera, pues, el más grande la historia de Europa, disque casi 600 mil hombres, enrolados en un ejército multilingüe, ingresaron en Rusia. 30 mil lograrían salir. Los costos de semejante proyecto se comenzaron a mostrar desde el principio, Bonarparte, por otra, dueño de toda Europa, pensó que su Imperio podría costear esta empresa, además, estaba su genio militar que derrotaría a los rusos, sin importar qué pudieran hacer, sabía sus límites, y ellos sabían quién era Napoleón, por lo que, inteligentemente, decidieron no pelear. El alto mando ruso, con Kutusov a la cabeza, de manera intermitente, decidió pelear en retirada, dejar que el ejército imperial francés, se pierda en la vastedad de Rusia, se canse, se rompan sus cañones, etcétera. Prusianos derrotados, uno de ellos un tal Clausewitz, quien se convertiría en el más importante teórico militar europeo hasta la fecha, habiendo peleado contra Napoleón, en varias ocasiones, los prusianos y Kutusov, estuvieron de acuerdo en la estrategia de retirada, no el zar, Alejandrito, el sonsito.

            Bonaparte estaba optimista; aunque sin una razón por qué, de su avance hacia Moscú, peleó unas cuantas batallas chicas, unas escaramuzas, comparado con lo acostumbrado, sus mariscales cometieron unos cuantos errores, como solía pasar, hasta que llegó a Borodino, a confrontar el regalo de Alejandro, zar de Rusia. Kutusov había puesto un frente para una batalla en regla, con buenas defensas. Sin embargo, el enemigo era superior en armamento, número y entrenamiento, los franceses ganaron la batalla, con 35 mil muertos, heridos o capturados, versus 40 mil de los rusos. A partir de este momento el zar se quedaría calladito, calladito. Napoleón entraría en Moscú, y esperaría la rendición rusa, las condiciones rusas, después, prisioneros rusos, con órdenes, le pondrían fuego a la ciudad, que, según Napoleón, había sido muy bella. Su ejército estaba atrapado en medio de la Santa Rusia, sin dónde acudir para que alguien se rinda, o diga qué hacer para que ellos se puedan volver a casa, con el trabajo cumplido. La posibilidad de marchar hacia San Petersburgo no era viable, Bonaparte nunca fue dueño del mar, ni siquiera el cercano. Sus líneas de aprovisionamiento estaban siendo atacadas todo el tiempo por los cosacos, la muy eficiente caballería ligera rusa, el pueblo en general, de la vecindad, odiaba profundamente a los saqueadores, violadores, invasores, y se montaban ejércitos irregulares que tenían el poco saludable, para sus presas, hábito de cazar soldados del ejército de Bonaparte. Hacía frío. La retirada del ejército imperial francés, recorriendo caminos ya visitados, adornados con carruajes rotos, hombres exhaustos, es una historia por sí sola, con los cosacos, e irregulares, asaltando por doquier, con los franceses, con Ney y otros, defendiéndose como leones, peleando ya no por banderas ni riquezas, tan sólo por sus vidas.

Después de la fallida campaña rusa, vendría otra coalición en contra de Napoleón, y la batalla de las naciones, en Leipzig. Después, Elba, lo cien días, Waterloo, donde los errores de los mariscales ya no serían perdonados por un Wellington que había aprendido bien de Napoleón, y un Blücher que nunca entendió que había sido derrotado. Finalmente, llegaría Santa Helena, en medio del mar, cuentan las malas lenguas, Napoleón fue progresivamente envenenado con arsénico, por unos británicos que temían demasiado el escape de su ave enjaulada. Napoleón fue tan importante, como militar, como estadista—le dio un giro de 180 grados a la revolución francesa—que todo lo que hizo en su vida es importante, cada batalla, una crucial, cada aporte cultural, como su visita a Egipto con armas y académicos, un gran aporte. Escribo esta nota no para decir nada nuevo, ni aportar con grandes datos, sino simplemente porque, a veces, no puedo evitar recordarlo y preguntarme sobre sus batallas, sus actos, sus victorias, sus derrotas, y las complejas razones que impidieron que fuera, en verdad, el amo absoluto de Europa. No por haber sido finalmente derrotado es su historia menos interesante, tal vez, todo lo contrario, y el hecho de que su grandísima gloria también incluya una derrota total, hace que la narrativa de su ascenso y caída sea tan fascinante.
 

 

Por flojo sólo pongo unos pocos enlaces:

Napoleón Bonaparte, en wikipedia, español e inglés, y, a ver, francés.

Napoleón Bonaparte, portal, en español, dedicado al chato querido, y odiado.

Napoleón Bonaparte Arte – Sitio con algo del arte de su época (hay muchos con esto)

Cada uno de estos lugares les puede reenviar a una multitud de otros. Sean curiosos, exploren. 

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Published by Rodrigo Antezana Patton - dans Historias
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