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23 août 2006 3 23 /08 /août /2006 19:35
          A veces soy el primero en enterarme de algo, me acuerdo cómo espere la llegada de “Alien 4” con unos dos años de anticipación (y cuando llego, hmm, ma’ o meno’). Pero en la mayor cantidad de ocasiones soy el último, si es que me entero alguna vez. Así, resulta que cierto tipo de actitud que había estado enfrascada en nuestro medio desde tiempos inmemoriales, sólo ahora que le preste algo de atención, ha comenzado a molestarme. El problema, recién me doy cuenta, viene de largo, por lo tanto no será una sorpresa para ninguno, me refiero al asunto: ‘Verdaderos versus falsos’ o, más informal, ‘poseros versus genuinos’. Elija usted la palabra que sea de su preferencia.

            Un breve paréntesis. Resulta que la palabra ‘posero’ es un galicismo, pero a nosotros nos llega desde la fuerza de la cultura anglosajona, de ‘poser’, cuyo origen, efectivamente, es francés. Se refiere a fingir, actuar, al acto de posar permanentemente en tu manera de ser. Ah, y ‘posar’ sí está admitido por la academia española.

            Así, en el medio de la ‘farándula’, de protovideastas, actores, escritores, o simples amantes de la música, la imagen o el tutti-frutti, unos están clasificados por los otros. O sea, todos se están señalando con el dedo. Si tocabas rock-and-roll y ahora estás en un grupo de cumbia, posero. Si te compraste la polera de Stratovarius sin conocer al grupo, posero. Si no te importa un bledo el ridículo, posero. Si no se te fue el alma en el escenario, posero. Si lees a Dan Brown, posero. Si deseas hacer un video denso y no haz probado cocaína, posero. Y un infinito etcétera. Lo interesante de éstas, y muchísimas otras clasificaciones similares, es que pueden darse la vuelta en la mayor parte de las ocasiones, en unas pocas el consenso ya ha otorgado su veredicto e ignorarlo te convertiría en un posero irredimible.

            Si te gusta lo pesado y tocas violín, posero. ¿Cuándo comenzó la moda de pretender que la forma de sentir de uno es la única genuina? Supongo que ya Patroclo y Aquiles acusaban a los griegos menos feroces de ser ‘poseros’ (Ya lo dije antes, en general no soy el primero en enterarme). La diferencia es que cualquier acusación del hijo de la diosa sería tomada en serio por el resto de sus camaradas en armas, en cambio hoy en día las designaciones provienen de unidades mucho más pequeñas. Los grupitos de amigos levantan sus deditos índice para señalar a los otros grupitos de amigos. Si fuiste a un concierto de black metal con tu polera azul, posero. También se da el caso de las unidades, donde el universo y uno son lo mismo y ‘yo’ puedo juzgar desde la totalidad que me comprende a todos esos poseros.

            Adentrándonos un poco más en el tema, y ampliándolo. Una de las palabras clave, por supuesto, es ‘artista’. Es uno de los vocablos fetiche del medio, tanto de aquellos que participan pasivamente como de los más activos. Cada uno de los grupillos o unidades se apropia del amuleto a su manera, ya sea rechazándolo o incrustándoselo. Desde esta perspectiva, resulta que el artista es bueno per se, si no es bueno entonces no es artista es posero. Esta flojera taxonómica es la que más me molesta, ¿dónde quedaron todos los posibles adjetivos aplicables a la calidad de una obra o al individuo que la crea? Si de calidad se tratara, todos los escritores son poseros, a excepción de Shakespeare. ¿Pintas? Si no eres Miguel Ángel ¡Posero! ¿Poeta? ¿Homero? ¿No? ¡Posero! ¿Escultor? ¿Fidias? Etc. Si no te memorizaste tu poema favorito, posero.

Pésimo, malísimo, un verdadero imbécil. Escribió la novela sin conocer el alfabeto. De todos los presentes en el escenario, la mejor actuación le pertenece al muro. Me gustó más la poesía que compuso mi perro, se titulaba ‘guau’. Fuera del hecho de que se pierde toda la riqueza expresiva que el disgusto por una actitud, o producto cultural, pueda crear, la asociación de ‘calidad’ con la palabra ‘artista’ es un error de juicio de monumentales dimensiones. El artista, en el noventa por ciento de los casos, es el tonto del pueblo, el que observa las nubes y dejó escapar la oveja. El que tiene miedo de matar al lobo, por respeto a ese lindo bicho. El que llora cuando muere el actor que interpretaba a Mercucio. El que se aplazó en matemáticas por terminar de leer ‘La metamorfosis’. El arquitecto sin diplomacia que te arruinará el negocio. El holgazán, porque prefiere estar en su mundo a enfrentar esta realidad. El artista es el sensible y son legión, las grandes maravillas pertenecen a esa otra criatura ‘el genio’, y no se debe confundir a unos con otros, ni restarles sustancia. La belleza del artista (ese, el genérico) yace en su sensibilidad, no en su calidad. Los hay malos, muy malos, pero eso no los excluye de la categoría. Necesitamos mucho de ese adorable conjunto de zoquetes. Si lloras en el cine, posero.

Me parece equivocado fundir el significado ‘artista’ con ‘buen artífice’ y --muy asociado a este concepto-- también considero una gruesa equivocación considerar que la manera en que uno pueda sentir o relacionarse con cierto tipo de arte sea la única genuina. A cada quién le fluye la sangre siguiendo su propio ritmo y si bien algunas actitudes parecen más reflexionadas, a veces una absurda confusión es un síntoma más saludable. Si llora, déjalo. Si busca reconocimiento, déjalo. Si no se conoce todas la reglas, déjalo. Si su noción de estética difiere de la tuya, déjalo. Digan lo que tengan que decir, critiquen lo que tengan que criticar, cada uno tiene derecho siquiera a eso, pero no se refugien en la genuinidad de uno para atacar la falsedad del otro, sería demasiado sencillo, hay muchos más adjetivos y el mundo gris es casi infinito, más rico que el en blanco y negro. Todos somos el verdadero Kalven Clain, con la etiqueta mal grabada y el cierre hecho de una aleación pobre. ¿A quién le importa? El original es casi lo mismo y cuesta cinco veces más, no vale la pena, prefiero seguir escuchando a Ashlee Simpson, su CD está al lado del de Slipknot y Andrew W.K. ¿Posero yo? Seguro que sí.

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Published by Rodrigo Antezana Patton - dans mimeme
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