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6 septembre 2006 3 06 /09 /septembre /2006 08:14
          La serie completa de “Akira”, de Katsujiro Otomo, es una de mis prioridades a ser adquirida ni bien me saque la lotería. Cada tomo tiene más de cuatrocientas páginas, y son seis en total, lo que nos deja una narración de, aproximadamente, siquiera unas 2.500 páginas. Con un coste de unos 17 US$ por volumen, cualquier fanático que desee disfrutar de la obra, y ser dueño de ella, necesitaría de la nada despreciable cantidad de 102 US$ para comprarse la colección. Sin mencionar que ésta no llega a nuestro país, y hay que pagar a los intermediarios o el coste del envío. Sí, sí, carito está. Por fortuna, la biblioteca de la historieta, anglicísticamente llamada la ‘cómicoteca’, de la Fundación Simón I. Patiño, en la ciudad de La Paz, me permitió disfrutar de “Akira” de principio a fin, y sin costo alguno. (Valga mencionar que la más reciente Feria del Libro suscitó un debate sobre lo elitista del objeto, y cómo se debería democratizar. Se habló de precios, a los trogloditas, ni siquiera se les ocurrió mencionar la palabra biblioteca. Probablemente no la conocen.)

            Publicada entre los años 1982 – 1990, “Akira” es una típica obra del mundo postapocalíptico japonés, comienza con una explosión atómica. El trauma colectivo por la derrota sufrida en la Segunda Guerra Mundial, y la absoluta destrucción de dos de sus ciudades, Hiroshima y Nagasaki, por sendas bombas atómicas, generó dentro de su narrativa una atmósfera de sobrevivencia. Los japoneses se recuperaron, económica, industrial y socialmente; ya que culturalmente se convirtieron en colonia estadounidense, con variopintas fusiones y adaptaciones. Su sociedad fue derrotada, atravesó fuego y respiró azufre. Reconstruyeron el país, las ciudades. Las fábricas volvieron a funcionar, pero habían sentido el dolor causado por la desolación. El mundo que rodeaba a un Japón en reconstrucción no era nada tranquilo, los soviéticos tenían la bomba atómica desde 1949, y una guerra, en la vecina Korea, estalló en 1952. Se veía venir el desastre, la catástrofe, otra vez.  

            En general, esa catástrofe, mitad experiencia, mitad predicción subconsciente, venía en la forma de un monstruo, grandote, feote, y que escupía fuego. El más conocido ejemplo de la monstruo manía es Godzilla, Goyira en japonés, con más de veinte películas en su haber. Pero el lagartijo verde es sólo uno, el famosísimo Mazinger Z también se enfrentó continuamente a villanos que arrasaban ciudades en su afán por conquistar el mundo. Incluso “Nausicaa del Valle del Viento”, del genial Jayao Miyazaki, también se inscribe junto a los mencionados, en la categoría de historias postapocalípticas: un mundo que renace y se prepara para el — pesimistamente —próximo desastre. La psicología colectiva japonesa, más la tensa situación internacional, con la guerra fría calentando los traseros de muchos en Afganistán, Nicaragua y algunos países de África, explican el ambiente de Akira y su comienzo: ¡Kabuuuuum! Un hongo atómico se yergue sobre la vaporizada ciudad de Tokyo. Tres décadas más tarde, sobre la reconstruida Nueva-Tokyo, un grupo de amigos surca por las calles en motos, a toda velocidad... ¡Cuidado! Es el número 26…

       Huelga mencionar que los detalles, los personajes, el particular mundo de “Akira” es una construcción de Katsujiro Otomo. No es un mundo donde la palabra ‘originalidad’ pueda instaurarse como reina. Conspiraciones del gobierno, experimentos genéticos, rebeldes con agenda propia, poderes psicokinéticos, coroneles ambiciosos, no son, precisamente, una lluvia de novedades. A trazo grueso, “Akira” es poco original, pero “Romeo y Julieta” es una historia de amor, y siempre hubo historias de amor. “Akira” es EL relato de poderes psicokinéticos, conspiraciones de gobierno y experimentos genéticos. Hay una diferencia. Lo interesante de la obra de Katsujiro es que no importa su originalidad, o ausencia de la misma, es el dibujo lo que convierte a esta historieta en un hito, una referencia obligatoria, un norte, una obra de arte que invita a la emulación, imitación e inspiración. Si narrar una historia como la de “Akira”, en dibujitos, es posible, entonces la narrativa con ilustraciones no tiene límites, ninguno reconocible. “Akira” es una montaña sobre la que nada puede erguirse, es todo.

            Alucinantes persecuciones, montados en motocicletas, robots de seguridad, velociclos, o corriendo a todo lo que dan tus pulmones. Explosiones, de esas que consumen ciudades y duran minutos, o varias páginas de viñetas. Batallas campales entre las ruinas de la ciudad, o el cielo, con aviones volando en pedazos, mientras tiemblan los barcos y el mar. Una magnífica visión de una megápolis del futuro, un bar de mala muerte, y, no podía faltar, más de un duelo entre mutantes con poderes psicokinéticos. Se debe comprender “Akira” como una ‘película’ de acción, una en verdad increíble. El filme basado en la historieta, dirigido por el mismísimo Katsujiro, de 1987, es sólo un esmirriado resumen de los dos primeros volúmenes, más detalles del último tomo. “Akira”, en celuloide, con imágenes generadas por computadora, actores, mucha pantalla azul y Keanu Reeves (ya saben, trabajó mucho con pantallitas), sería un proyecto inabordable. Otomo, dibujó y guionizó la historieta él solo.

            El poder dramático de esta voluminosa serie no se limita a una inigualable capacidad para dibujar momentos de acción, “Akira” también tiene una trama bien construida. Aunque carezcan de profundidad, las relaciones humanas — algunas casi accidentales — como el paternalismo de El coronel, la rebeldía de Kay, o la creciente confusión de Tetsuo, están suficientemente sentidas como para que una frase, una ligera amenaza, nos dejen en vilo esperando con ansiedad por la siguiente parte. El cuerpo de “Akira” es velocidad, pero hay suficiente corazón dentro de él, como para sentir su pulso. La acción por sí sola es siempre aburrida, sólo la vida de los personajes hacen que una obra sea interesante, ahí, también, Katsujiro se anota un punto. Me saco la lotería y me la compro toda, ¡caracho!

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Published by Rodrigo Antezana Patton - dans mimeme
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