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13 novembre 2006 1 13 /11 /novembre /2006 10:55
            Cuando introdujeron en la tierra un buen par de presas del sabroso pollo al espiedo que la abuela había traído, yo sinceramente manifesté mi indignación, enojado; aunque en voz baja, intervine: “Pero ¿para qué están enterrando esas presas?, ¿porqué están haciendo eso?” Mi madre me hizo callar con algún sonido sin significado, pero mi molestia permaneció. La tierra no come, al menos no come pollo al espiedo, si lo hiciese ya nos habríamos enterado hace buen tiempo. La tierra no tenía hambre, yo sí tenía hambre. Supongo que mi leve colerina se acabó ni bien me dieron un buen pedazo de pollo. Previamente, incluso recuerdo que casi me saco algo del pollo, antes de que lo entierren, siquiera hice el ademán, y mi abuela me mandó a otro lado, con un firme grito sin odio. Yo tenía, por aquel entonces, 8 años, o un poco menos. Estrenábamos casa, una casa muy linda y grande, estaba aprendiendo una nueva palabra: Pachamama, y lo primero que pensé fue ‘al diablo con la pachamama’. Vaya tonterías con las que venía la abuela.

            Tal vez sería necesario aclarar que yo no tuve una educación religiosa, fui bautizado, y probablemente alguien me llevó a la iglesia antes de cumplidos los cuatro años. Probablemente. Me parece recordar, difuso, difuso. Antes de mis cuatro, también, dibuje un brontosaurio (antes de que el animal fuese rebautizado como apatosaurio, o sea allá por los años 70’s) detrás de mi cama. Es probable que aprendiese la palabra trilobite antes que Adán o Eva. Debido a que existía una hermosa colección de libros sobre ciencias naturales, palabras como homo sapiens sapiens, australopitecus, y el pillastre, homo habilis, me acompañaron durante mi niñez, desde los 4-5 años. La religión fue algo que yo encontré en el  establecimiento escolar, con la reprimida hostilidad anti-religiosa de mi madre como trasfondo. Las personas religiosas podrán decir que yo tuve una educación ‘atea’, pero como yo no soy una de ellas, pues digo que tuve una educación ‘racional’, lo que conlleva un contexto completamente distinto.
            Para mí, dios, dioses, Eva y Adán, eran cosas que estaban en el colegio, no sé si creía en algo en ese entonces (7-8 años), supongo que no se puede filosofar mucho a esa edad, no recuerdo haberlo hecho, pero se podría creer que era uno más, un creyente en algo, alguien con fe, en alguna o cualquier tontería. Cuando yo tenía, más o menos esa edad, a mi madre le vino un ataque de volver a sus raíces, volver a la fe, ya que hasta entonces, ella y mi padre, habían sido, podemos decirlo, agnósticos, o sea: casi ateos. Entre los 9-11 años, mi madre, a mi y a mi hermano, nos introdujo en un extraño culto, sin orgías, sin sacrificios, y sin tele. La tele quemaba la hipófisis, y la hipófisis era un centro de aquellos que te permitían ‘contactarte con dios’ (¡En serio! Ojala fuesen broma todas estas tonterías. No, son reales). Entre mis 9-11 años, se podría decir que yo veía televisión con culpa, como pecado. Ver tele a esa edad, vendría a ser el equivalente a desear mujeres casadas o con novio, años más tarde (ahora es esa compulsiva manía de adquirir armas de destrucción masiva, ¿porqué, porqué me persigue la culpa?).
            También a esa edad, a mi madre (querida, muy querida, pero chau pichu en otros aspectos) se le ocurrió comenzar un negocito, así que, por algunas tardes o mañanas, yo era explotado cual niño pakistaní, aunque por muchísimo menos tiempo. No importaba, a esa edad uno no tiene noción de proporción y es completamente egocéntrico (¿porqué me rompí la uña?, ¿no podía caer un asteroide en la China en vez de que yo me rompa la uña?, ¿porqué dios me castiga tanto? Así fue, y después vendrían la varicela, la viruela, el sarampión). Además, la explotación de un segundo ya es suficiente para generar delirios de mártir, yo, trabajando esporádicas tardes o mañanas, y cristo, crucificado por los malos. Dos mártires. Entre los 11 y los 13 años, yo no sólo veía los Transformers, también me estaba revelando contra mi madre. Probablemente fue mi hermano el que lideró esta confusa insurrección en contra del fundamentalismo maternal, yo fui feliz comparsa. Recuerdo llantos, discusiones, y esas cosas, pero ya no muy bien de qué se trataban. A partir de entonces comencé a ver más tele. Si mi madre deseaba hacer algo con su religión, pues lo hacía sola. Sí, yo podía correr a refugiarme en mi padre, hasta el día de hoy un agnóstico. Qué ingenuo.
            ¿Se puede ser rebelde a los 11-13 años? No lo sé, lo que sí sé es que, como mínimo, yo era latoso, desde siempre, o casi. Pero ahora lo era por una razón más. En Bolivia prácticamente no existe un colegio particular que no sea confesional, y si asistes al colegio público eres pobre, yo no lo era, así que asistía a un colegio religioso, como todo el mundo. En intermedio (11- 14 años) no tuve ninguna fijación particular en contra de la religión, a partir de medio, sí (14-15 pa’ adelante). Si era algo idiota darle de comer a la tierra (sobretodo un par de sabrosas presas de pollo), o prohibirle la televisión a alguien por alguna ridícula razón, pues también eran idiotas todas esas tonterías que te enseñaban respecto a dios en el colegio. Desde los 15 yo tuve problemas en las clases de religión. En tercero fui a desquite en la materia. Como era una materia idiota, y tenía que hacer un ensayo, o algo así, sobre ‘El éxodo’, que para los que no saben es el segundo libro de la Biblia, pues lo deje todo para el último momento. Mi padre se molestó por mi ‘torpeza’ de ir a desquite en ‘esa’ materia, pero ¿qué podía hacer? Yo era fruto de su educación y esas cosas. Leí el éxodo, de principio a fin, ¿alguien lo hizo? Había visto “Los diez mandamientos” (Como si alguien pudiese evitarlo, en país pirata y católico, con la bendita semana santa. “Ben hur”, “Los diez mandamientos”, “Ben Hur”, “Los diez mandamientos”, etc. Y cada año), dirigida por Cecil B. DeMille, con Charlton Heston y Yul Brynner, había visto cómo se abría el mar para dejar pasar a los hebreos, uuuuu, y nada de eso había en el éxodo. Leer el libro y ver la peli me hizo comprender lo que quería decir ‘adaptación’. El libro era una peste, dios aquí, dios allá, ¿dónde diablos estaba toda la acción? En hollywood, claro está. Que capos esos muchachos. Leído el texto yo comencé a ponerme nervioso, no tenía ni idea de qué iba a decir en el ensayo, o algo así, que era el examen de mi desquite. ¿Qué podía yo decir? ¿Qué?
            Entregué el ensayo con muchas dudas, yo sólo había alabado a dios, basándome en el texto. Ya saben: que yavé es grande, que yavé es único, que yavé cumple sus promesas, que yavé es el más grande dios. Yavé, yavé. No mencioné que dios todopoderoso tardó 300 años en liberar a su pueblo, ni que lo hiciese de manera poco sutil, y sin escatimar en efectos especiales. No sé cuándo tenían que darme la nota, cuántos días después de entregado el trabajo, pero recuerdo que ese día fui muy nervioso al colegio, fui preparado para traer a mi madre, que odiaba un poco a las monjas desde su extraño culto sin sacrificios humanos, fui preparado para gritar a voz en cuello que era una graaan injusticia aplazar a alguien por ser un tantito hostil a la religión. Fui a llorar, fui a gritar, fui con miedo, fui con furia. Me encontré con la profesora de religión, y con toda la hostilidad de la que es capaz un joven de 16 años con buena educación, le pregunté: ‘¿Qué nota tengo?’ y, mientras elucubraba los terribles insultos que derramaría sobre esa ‘vieja bruja’, ‘engendro de los infiernos’, ‘porqué no se consigue un trabajo de verdad’, ‘Ah, sí, y tú mamá también’, ‘sólo te quiere dios’, ‘cristo murió por ti, pero de ésta no te libras’, y me dijo que tenía 60 puntos, 60 sobre 70; que es la nota máxima. Sesenta puntos. Se me atragantó un ‘gracias’ en la garganta, que tardó en salir, atascada su imprevista presencia por todos los insultos que había imaginado. Ahí comprendí lo que era un coitus interruptus, que te preparas para que salga, y no puede salir, porque no debe salir como era este caso, o porque llegó su papá, que es el caso en general. El resto del día yo estuve en estado de ‘algo’, mientras la alegría de haber pasado se mezclaba con toda es bronca acumulada por temor al fracaso, el resultado fue una sopa de líquidos corporales que confundieron mucho mi cabecita.
            Yo no creo en dios desde mis 14 años. Así, tal cual. Es que yo, a diferencia de algunos, sé un poco de astronomía y me inventé un montón de psicología. Entonces, pues, no es tan difícil. El razonamiento puede resumirse como sigue: La tierra tiene un diámetro de 12 mil kilómetros; Júpiter tiene un diámetro de 140 mil kilómetros; el sol, un millón 300 mil km. (y el sol es una estrella amarilla, chiquita); la Vía Láctea, nuestra galaxia, tiene entre 200 y 400 millardos de estrellas, más grandes o más chicas que nuestro lindo solcito; el universo visible tiene más de 100 millardos de galaxias, pero no estamos seguros, ya que el asunto es tan grande que no distinguimos una galaxia de un mega-apiñado de galaxias, también, algunos mega-apiñados están a 78 millardos de años luz, lo que equivale a unos 737,936,976,861,240,000,000,000 kilómetros de distancia, metritos más, metritos menos (¿Na’ más?, por ahí me equivoqué con los números). Y el creador de tooooodo eso, el creador de todas esas estrellas con mundos a su alrededor, el creador de cada grano de arena (y sabiendo que hay más estrellas en la galaxia que granos de arena en el planeta, y más galaxias en el universo que estrellas en nuestra galaxia), ese creador te quiere a ti. A vos. Vos eres su queridito. Yo me hice esa pregunta a los 14 años, y mi respuesta fue que ‘ni c******’.
            En ningún mito o tradición, existe algún dios creador del universo, como máximo es creador de ese ombligo que llamamos planeta tierra, con una difusa o nula consciencia del resto. No sé cuándo comencé a hacerme preguntas sistemáticas respecto a este asunto. Probablemente a los 15 años, ya que yo tenía esa edad cuando cayó la Unión Soviética, 1991, y yo era un simpatizante de ese régimen, claro, era un estúpido, pero se puede ser un estúpido a esa edad. Se perdona. Yo me perdono. Se lo perdono a cualquiera, pero yo superé esa etapa. En cambio, otros. El piso de mi concepción de mundo había sido retirado, ya no había un poderoso país que apoyara mi conquista del planeta mientras repartía justicia a diestra y siniestra, comenzando por mí (a los 19, hablando con un trosko incestuoso, descubrí que yo no había sido nunca un verdadero socialista. Así que tampoco resulté ser tan estúpido, ni a los 15 años). Mi palacio de la revolución, humo; mi magnífica capital de la revolución, humo; mi harem de revolucionarias liberales, humo, o, pero aún, con otros. El Che Bobaba iba a ser una lunita marciana a mi lado, iba a tener más amantes que Mao Zedong, cuando todavía se llamaba Mao Tse Tung (y la pirámide de Kufu era de Keops, uuuf, como pasa el tiempo para las pirámides), pero no iba a tener tantos hijos como él. ¡Un millardo! Se pasó de c***** ese ratón poblador. Eso ya es un crimen. Yo iba a traer, por fin, paz a este mundo: Ro-dri, Ro-dri, Ro-dri. Y, zas, viene Yeltsin y destruye MI Unión Soviética. Habrase visto. Caray. Desde entonces sólo puedo conquistar países en Total War ™, pero yo sé en mi corazón de primate superior que no es lo mismo. Suspirote.
            Volviendo al tema, en cualquier caso, a partir de los 15 mi naturaleza neurótica (afección muy común en la humanidad, en mayor o menor grado) se exhibió en plenitud. Había internalizado una máxima antes de que ésta fuese apropiada por Apple Computers: Desafíalo todo (Challenge everything – que copyright y bla, bla, bla). Supongo que lo primero que abordé fue la religión, de ahí mi hostilidad a la materia y mis problemas con la misma, después, al encontrarme con el troskin (19), comencé a atacar la política, y a la izquierda, ¿sabían ustedes que estaba, tan, pero tan enferma? ¿Cuándo comencé a sistematizar mis ataques a todo? Ya no recuerdo, sé que sistematicé algunos, hace ya demasiado tiempo. Si bien todo lo que se puede decir de la mala izquierda ya lo dijo Popper, no he leído hasta el día de hoy un libro que hable sobre la religión en general, no me pareció necesario. Era tan obvio. Nunca abordé el tema sistemáticamente, eso sí. Estaba perdido en la carrera de Economía, que me encanta, pero no es para mí, yo quería hacer oootras cosas. Sufría de depresión (de los 18 a los 22. Ah, y vean el significado de ese malestar, no es lo que la gente cree, es desánimo, no encontrarle chiste a nada, eso es depresión. No es estar triste), confusión, y otros problemas. Tenía prioridades, dioses y diosas podían esperar. Y todo eso ya pasó, ahora tengo 30. Saltemos, pues, a las conclusiones. (El conjunto, si es original, es mío, pero las ideas ya provienen de un montón de fuentes, tantas que ya no recuerdo quienes son)
            El ser humano es una criatura creativo-lógico neurótica con siete sentidos, como todo animal superior, cinco físicos y dos mentales; lógica y memoria. La lógica humana es muy superior a la del resto de las criaturas, lo que le permitió ser el depredador supremo; a pesar de lo poco dotado en comparación con los felinos, y otros primates. Su naturaleza lógica le hizo explicarse el mundo, la realidad cotidiana, pensando en sí mismo—como un niño—de base. Así, los primeros Homo Sapiens Sapiens otorgaron ‘humanidad’ a todo lo que les rodeaba, esto se llama animismo, que las cosas están vivas (la deducción, es lógica, los animales están vivos, como uno, los árboles también, el clima, tiene esos cambios, invierno, verano, parece vivir, como uno, envejecer, como uno, renovarse, como la humanidad, etc.). La perennidad de las grandes piedras, las montañas, son las únicas que desafían esta lógica de vida, lo interesante del asunto es que si están vivas, pues viven por muuuchos tiempo, así que el ser humano primitivo, pues se decidió a adorarlas (en culturas primitivas hay un gran respeto por las grandes piedras). A partir de esta explicación del entorno se generan historias. Si hay una criatura en las nubes, ¿qué pasa cuando hay rayos? La criatura se ha enojado, ¿porqué? Porque hace mucho, mucho tiempo, el habitante de las nubes era Júpiter, y cuando Júpiter… Entonces, cuando comienzan a generarse historias, se ingresa en la etapa mitológica de la explicación del entorno, que básicamente consiste en ociosear sobre una macro-narrativa, como hoy hace la gente sobre “La guerra de las galaxias”, “El señor de los anillos” o “Harry Potter”.
            El problema surge cuando la metanarrativa es tomada en serio, eso se llama teologizar, o estudiar la naturaleza de los dioses, las criaturas que habitan en esto y aquello (claro que esa explicación tan absurda no parece haber convencido a muchos, salvo en épocas de problemas. La explicación del fenómeno, el animismo, etc., va mano en mano de la búsqueda de influir en el entorno, de ahí el deseo de comunicación con, y apaciguamiento de los dioses: Sequía, hablar con dios, desastre, ¿dios, qué hemos hecho mal? Lo que desembocará en religión no es sólo una deducción lógica del orden de las cosas, también es la voluntad por influir en ese orden. El hecho de poder ‘manipular’ a los dioses, ya sea siendo bueno o sacrificando niños-ver gráfico, es moloch, es ‘otorgarnos’ poder, lo que satisface nuestra neurosis, que es estar problematizado por tener que lidiar con el ‘entorno’. ‘Entorno’ que en el ser humano implica mucho de ‘imaginario’, o convencional). De ahí que nace la religión, cuando la explicación animista se transforma en la base de un sistema social. Tanto el animismo, como la fase mitológica, ya son una psicosis, esto es una división entre la realidad y el ser humano. O sea: el ser humano comienza a lidiar con una realidad que no existe, ya es creación pura, y suya. Cuando no quieres abandonar tu valle por que en las montañas viven ninfas de hielo que devoran a los hombres, pues haz reaccionado y tomado una decisión basada en una realidad ficticia, o sea: psicótica.
            La búsqueda de una mejor descripción del entorno entonces se divide entre el camino de la filosofía, que culminará en el pensamiento científico; sin importar cuan falible todavía sea, y la religión monoteísta, que es 100% psicosis. La religión monoteísta la fundó, todo parece indicar, un ocioso adorador de Ra, en Heliopolis, una ciudad egipcia. Como la clase sacerdotal no tenía mucho que hacer; y entonces no había tele, ni prohibiciones para verla, se dedicaban a la teología, y la egipcia se caracterizaba por tener tríadas, esto es dioses en grupos de tres (y todo esto tiene que ver con nuestra asociación casi genética con el número tres, y lo fácil que es asociar de tres en tres, ejemplo: muerte, asociada con vejez y enfermedad, etc), así había el Ra del día, el Ra del mediodía, y el Ra del atardecer, respectivamente Kjepri, Ra o Re, y Atum; pueden pronunciarlo como les venga en gana, es lengua muerta. Bueno, 2300 a.C. a un sacerdote, después de muchos días y días de pensar y pensar, se le iluminó el cerebro y dedujo algo. Corriendo fue donde el director del establecimiento y le dijo: ‘Maestro, maestro, he deducido algo, algo de descomunal importancia. Kjepri, Ra y Atum son UNO sólo, uno’. El maestro, sacerdote principal del templo de Ra, le miró fijamente a los ojos y asintió, ‘Eso es verdad’, le respondió, ‘y tiene que ser un secreto de la orden, o qué cuernos quieres hacer con todos los otros templos’. En el Egipto antiguo había miles de miles de templos, alimentando a más miles de sacerdotes, escribas, y etc. Pero la prudencia no duró mucho, mil años más tarde, un clérigo de Atum logró convencer a Amenofis III de que había un solo dios, Atón, o el disco solar, tres en uno. Su hijo, resultó un tronadito de la religión, y se cambió el nombre de Amenofis, a Ajenatón, esto es ‘el servidor de Atón’, suena familiar ese nombre, ¿no? Él tenía la respuesta a la pregunta que formulara el maestro en la apócrifa historia que les conté (es que nadie me hace creer que no se dieran cuenta en un tris). ‘Al diablo con todos’, dijo Ajenatón, y durante su vida no hubo quien le lleve la contra. El dios único, creador de todo, aunque ese todo sea sólo el todo que se ve, es la culminación de la explicación lógica psicótica iniciada con el animismo. Ese dios inmaterial, abstracto, fue mucho más difícil de rechazar que los absurdos previos, consolidados en la mitología u omnipresentes en el comportamiento del animismo. De ahí la fuerza de las religiones monoteístas.
            Eso es todo lo que yo tengo que decir respecto a la religión. Un proceso, una manera necesaria, para el hombre primitivo, de explicarse su entorno. Uno de los muchos procesos psicóticos que afectan al ser humano, y no el único que afecta a su sociedad.

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Published by Rodrigo Antezana Patton - dans mimeme
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