Lo que se me venga a la mente.
Par Rodrigo Antezana Patton
Yo pensé que se lo comerían los cocodrilos, o que se lo zamparía un tiburón, mordiese un tigre, pisara un elefante, sodomizara un gorila, envenenara una serpiente, mascara un mandril. Existía la posibilidad de que se infectara con alguna enfermedad rara, por andar tocando pupu de orangután, tropezara en un acantilado, ahogara en un arrecife, divorciara, perdiese popularidad, se uniese a algún grupo terrorista de ecologistas extremistas. Podrían haberle pasado tantas cosas, pero fue una mantaraya, la que atravesó el corazón del ‘Cazador de Cocodrilos’ con su aguijón. Dicen que murió instantáneamente, dicen que no sufrió. Mi consuelo es que vivió feliz.
El tipo me caía muy bien, pocas personas tienen tal amor por la naturaleza que te contagian, así era Steve Irwin. Estaba enamorado de la vida salvaje y la admiraba sinceramente. Nadie puede decir gorgeous o beauuutiful, como él lo hacía. Vivió feliz, siempre rodeado de aquello que tanto quería, animales y familia. Lastimosamente ya no más.
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